Jueves, Febrero 29

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Rachel Herdy: “Aprendí de Susan Haack que el proceso de producción de conocimiento no puede ni debe ser un esfuerzo individual”

Entrevista a Rachel Herdy, profesora del Departamento de Teoría Jurídica de la Facultad Nacional de Derecho de la Universidad Federal de Río de Janeiro.

Por Rodrigo Coloma Correa.

¿Cuáles son los principales beneficios y riesgos que trae consigo el uso de informes de expertos en los procesos judiciales?

Es común asociar los informes de expertos con la prueba pericial, pero el papel que juegan los expertos en los procesos judiciales es más amplio de lo que a menudo se supone. Es cierto que la información que los expertos aportan al proceso está frecuentemente relacionada con la dimensión fáctica adjudicativa de la decisión judicial, es decir, con hechos particulares de un caso: ¿qué ocurrió?, ¿quién lo hizo?, ¿cómo?, ¿dónde? y ¿por qué? Sin embargo, el conocimiento producido por los expertos puede ingresar al tribunal a través de otras puertas (no la prueba pericial) y para aclarar otra categoría de hechos. Por ejemplo, en la jurisdicción constitucional, un tercero que muestre interés en el caso puede presentar, como amicus curiae, memoriales con informaciones técnicas y científicas. En este caso, la información ofrecida por los expertos se refiere a hechos que trascienden cualquier disputa en particular. Tales hechos corresponden a la realidad empírica que los legisladores considerarían en el proceso de creación de las leyes, y por esa razón son llamados de “hechos legislativos”. Esta dimensión fáctica legislativa de la decisión judicial está muy presente en la jurisdicción constitucional latinoamericana. Algunos países, como Brasil y Colombia, prevén, más allá del instituto del amicus curiae, la realización de audiencias públicas en tribunales constitucionales para escuchar a expertos con respecto a premisas empíricas que pueden justificar sus decisiones.

Así es que los beneficios y riesgos que trae consigo el uso de informes de expertos en los procesos judiciales deben ser considerados a partir de una perspectiva más amplia. En términos concretos, los beneficios y los riesgos son mayores de lo que estamos acostumbrados a pensar, ya que afectan no solo la determinación de los hechos de un caso —un problema de justicia en el caso particular—, sino también la base racional de las normas jurídicas —una cuestión política y de interpretación que afecta el sistema jurídico como un todo—.

De todos modos, el principal beneficio del uso judicial de informes de expertos es la posibilidad de una “justicia basada en evidencia”. Lo que se espera es el uso cuidadoso (racional y consciente) de la mejor evidencia disponible por parte de aquellos que deciden conflictos judiciales —sea en referencia a la verificación y calificación de los hechos, con efectos entre partes, sea con relación a la interpretación de disposiciones jurídicas, con efectos erga omnes—. Me gusta mucho esta expresión, “justicia basada en evidencia”, porque tiene el potencial de inaugurar en Derecho un movimiento análogo a lo que en Medicina se llama Medicina Basada en Evidencia. La atención se centra en las virtudes de quienes toman decisiones. Por otro lado, el riesgo principal es precisamente el reverso de todo esto: que la administración de justicia, en las dos dimensiones mencionadas, adjudicativa y legislativa, puede basarse en teorías pseudocientíficas, negacionistas y conspirativas. En consecuencia, no es solo la sobrevaloración de la ciencia que debería preocuparnos; sino también (y especialmente hoy) su subestimación.

¿Qué podemos exigir a los jueces en la valoración de la prueba pericial, sobre todo cuando hay desacuerdo entre los expertos?

El uso judicial de informaciones aportadas por expertos tensiona con una de las presuposiciones de legitimidad del proceso judicial, que consiste en la fundamentación racional de las decisiones. ¿Cómo podemos suponer que los jueces legos deciden racionalmente los casos cuyos hechos por determinar implican la valoración de conocimientos técnicos y científicos que ellos no tienen? A mi modo de ver, el desacuerdo entre expertos solo potencia un problema ya existente.

Para solucionar esta tensión, muchos estudiosos del derecho probatorio han propuesto herramientas institucionales para promover la educación del tomador de decisiones sobre hechos (jueces y jurados). La idea de un modelo educacional para la valoración de las informaciones ofrecidas por expertos apuesta en la capacidad de los jurados y jueces para comprender el razonamiento científico. Tengo algunas razones psicológicas y epistémicas para estar en desacuerdo.

Desde un punto de vista psicológico, esto no me parece un modelo empíricamente viable. Las investigaciones en psicología empírica indican que las personas en general usan dos estrategias para procesar la información comunicada por una persona. La estrategia “periférica” ​es buscar indicadores independientes del contenido de la información, como credenciales y experiencias, para confiar en la persona que nos comunica la información o para valorar la información misma. En cambio, la estrategia “central” es trabajar cuidadosamente con la información obtenida. El recurso a indicadores periféricos ha sido frecuente en juzgadores que deciden casos complejos —que involucran pruebas científico/tecnológicas o una masa voluminosa de informaciones—. ¿Entonces —se podría decir— bastaría educarlos? No, o al menos no sin que esto no implique costos muy altos y con resultados todavía inciertos para la administración de la justicia. Si nos tomamos en serio la tarea de educar a los jueces, la literatura que importaría analizar sería aquella sobre adquisición de experticia y otras buenas prácticas; pero esta tampoco nos ofrece un horizonte promisorio. Apostar en un marco institucional que promueva la educación de los jueces implica patrocinar un modelo desacoplado de la experiencia.

Por mi parte, propongo un modelo deferencial crítico para orientar la valoración de la prueba pericial. Este modelo propone la deferencia hacia los expertos, pero no de manera ciega, una vez que presupone un ambiente deliberativo para que los juzgadores puedan sopesar las razones para confiar en los expertos. Esto es lo que, a mi modo de ver, podemos exigir a los jueces —el ejercicio de la sana crítica con relación a las razones de segundo orden para confiar en los expertos—. Lo importante es que las razones en cuestión sean independientes del contenido de la información ofrecida por el experto (en el sentido expuesto por Joseph Raz). Estas razones remiten a los indicadores periféricos mencionados arriba. Este modelo deferencial crítico es incluso más democrático que el educacional, dado que no sería solo el juez científicamente educado quien tendría la capacidad de comprender las buenas razones para creer lo que los expertos dicen (o decidir en qué experto confiar cuando hay un conflicto), sino todos los participantes de la sociedad en cuestión, esto es, los destinatarios finales de una administración racional de la justicia.

Tú estudiaste con Susan Haack, quien es una de las epistemólogas más influyentes en la actualidad. ¿Cuál es, a tu juicio, el mayor aprendizaje que has podido extraer de la lectura de sus textos y de las conversaciones que has sostenido con ella?

Curiosamente, no fue la epistemología jurídica que me llevó a los estudios con la profesora Susan Haack. Tampoco fueron sus escritos recientes sobre el derecho probatorio los que más influyeron en mi trayectoria académica. De hecho, fue Charles S. Peirce, el gran filósofo pragmatista estadounidense, quien me aproximó a la obra de Haack. Mi tesis doctoral tuvo como objeto la evolución del pensamiento de Peirce sobre las ciencias normativas; y al profundizar mi lectura de la voluminosa y confusa obra de Peirce, estaba segura de que la comprensión por parte de muchos pensadores contemporáneos en cuanto lo que significaba la Máxima Pragmática era errónea. Fue la profesora Haack quien me aclaró todo. Más allá de una epistemóloga influyente, Haack es una de las intérpretes más autorizadas de la obra Peirce.

Pero, en particular, fueron sus escritos de la década de 1990, cuando la autora se mudó a los Estados Unidos, los que me marcaron muy positivamente. Haack escribió dos importantes libros sobre epistemología y cuestiones socioculturales –Evidence and Inquiry (1993) y Manifesto of a Passionate Moderate: Unfashionable Essays (1998)– en los que desplegó todo su poder analítico contra los filósofos radicales posmodernos, deconstruccionistas, feministas, neopragmáticos y multiculturalistas. Estos eran los filósofos que criticaban la legitimidad de la epistemología misma y de sus conceptos fundamentales: verdad, evidencia, justificación, razón, entre otros. En este grupo de filósofos estaban aquellos que, en mi lectura doctoral, habían distorsionado por completo las enseñanzas de Peirce.

Creo que una de las principales marcas de la filosofía de Haack es su sensibilidad particular para hacer y deshacer distinciones filosóficas. Con un lenguaje claro y riguroso y un estilo elegante, pero también basándose en muchas metáforas y neologismos, su enfoque filosófico es frecuentemente moderado —quizá este sea, para mi, su legado más importante—. Haack defiende una filosofía que simultáneamente reconoce el fenómeno de la pluralidad (de sistemas lógicos, métodos válidos, tipos de investigación, vocabularios y descripciones del mundo) y mantiene la imposibilidad de concepciones rivales sobre el mundo real.

El mayor aprendizaje que pude extraer de las numerosas conversaciones que tuvimos semanalmente durante mi año de investigación doctoral en el extranjero (2008-2009) es la idea de que el proceso de producción de conocimiento no puede ni debe ser un esfuerzo individual. Con una inmensa disposición y generosidad, la profesora Haack me enseño —en la práctica— una de las tesis epistemológicas más importantes de C. S. Peirce: no es dentro de nosotros, de acuerdo con un criterio privado de certeza (en el estilo cartesiano), que llegaremos al conocimiento sobre cualquier tema que nos concierna. El conocimiento humano es siempre social y expandido. Cualquier acto interpretativo que podamos tener representa un punto en el continuo de interpretaciones. Debemos, como miembros de la comunidad de investigadores, asumir la tarea continua de completar las entradas y corregir las intersecciones del complejo juego de palabras cruzadas que es la producción de conocimiento —para concluir con una de las metáforas más explicativas de Haack—.

Sobre Rachel Herdy

Rachel Herdy es profesora del Departamento de Teoría Jurídica de la Facultad Nacional de Derecho de la Universidad Federal de Río de Janeiro y del Programa de Postgrado en Derecho de la misma institución.  Sus estudios consideran una licenciatura y master en derecho, como también un doctorado en sociología. Ha sido investigadora visitante en la Facultad de Derecho de la Universidad de Miami, y en el Laboratorio de Argumentación del Instituto de Filosofía de la Universidade Nova de Lisboa. Sus principales líneas de investigación son: epistemología jurídica, argumentación jurídica, derecho probatorio, teoría jurídica y pragmatismo. Es co-líder del Grupo de Investigación en Epistemología Aplicada a los Tribunales (GREAT) y del Grupo Interinstitucional de Filosofía y Teoría del Derecho (GIFT).

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